Tres años.
Luego de varias semanas en las que no me he sentido bien por una ruptura amorosa que todavía duele, hoy me encuentro escribiendo esto desde el escritorio de casa, después de un muy buen día. Estoy contento y agradecido. Tengo una copa de vino al lado, la música suena, y vuelvo a sentir algo que hacía tiempo no sentía.
Me emociona volver a ilusionarme con la vida. Volver a tener planes.
Se cumplen tres años desde que firmé la promesa de compra de este campo, y siento que ha pasado una vida entera. La vida era tan distinta entonces, y yo también lo era.
He estado recordando cuáles eran mis planes para este lugar cuando todo empezó en el 2023. Y cómo esos planes se transformaron abruptamente después de la muerte de mamá. Y cómo hoy vuelven a transformarse, una vez más.
El otro día hablaba con mi psicóloga y recuerdo haberle dicho que no sabía qué hacer. Que seguía sufriendo por un amor que no pudo ser. Que mi autoestima sufría por no haber sido elegido por la persona que amaba y que tenía dudas sobre qué hacer con mi vida.
Y también recuerdo haberle dicho algo que, en ese momento, salió sin pensarlo: que me sentía perdido. Un poco, al menos.
Pero no perdido por falta de rumbo, sino porque me encontraba en un lugar completamente nuevo de mi vida. Un lugar que nunca había conocido.
Un lugar con comodidad. Con salud. Con la tranquilidad de saber quién soy y quién quiero ser.
Y, sobre todo, con libertad.
Libertad para ser quien quiera ser. Para ir adonde quiera. Para elegir cuándo quedarme y cuándo no.
Qué increíble fue darme cuenta de eso.
Que quizás, por primera vez en mi vida, soy verdaderamente libre.
Y la libertad puede dar tanto miedo como la falta de ella. Porque entonces aparece una pregunta inmensa -a dónde voy ahora?
Me doy permiso para sentirme un poco perdido. Para replantearme cosas. Para hacerme preguntas. Para no tener todas las respuestas.
Y, curiosamente, estoy viviendo ese proceso con un profundo agradecimiento. También con responsabilidad.
La responsabilidad de entender que esta etapa de mi vida es un privilegio. Una oportunidad poco común. La oportunidad de elegir desde la libertad.
Recuerdo una conversación con mi hermana poco después de la muerte de mamá. Me dijo una frase que me quebró:
“Mamá tenía que morir para que vos pudieras vivir.”
Creo que cualquiera que haya cuidado durante años a alguien con necesidades especiales puede entender el peso de esas palabras.Yo no tuve una adolescencia común. Tampoco una juventud como la de la mayoría. Hay muchas cosas que simplemente no viví.
Y, sin embargo, en estos dos años descubrí que la vida me estaba haciendo un regalo inesperado: la posibilidad de vivir muchas de esas experiencias ahora, desde otro lugar.
Con más madurez.
Con seguridad.
Con calma.
Desde ese lugar estoy imaginando un nuevo viaje.
Un viaje que me entusiasma porque tiene todo lo que amo: la tranquilidad, el campo, la naturaleza.
Pero también porque sé algo que antes no sabía.
Sé que elijo volver, y sé que voy a volver.
Pero, por primera vez, también me estoy permitiendo considerar la posibilidad de ser feliz en otro lugar. Porque este campo, este lugar hermoso que construí con tanto esfuerzo, puede ser una bendición. Pero también puede convertirse en una condena, en una burbuja.
Puede aislarme. Puede impedirme conocer personas, descubrir lugares y seguir creciendo.
Recuerdo cuando fui a conocer el lugar donde vivía quien fue mi pareja. No me gustó. Y hoy entiendo que no fue por el lugar, fue porque fui cerrado. Fui convencido de que yo solo podía ser feliz acá. Sentía que incluso imaginar una vida distinta, en un lugar diferente, era traicionarme a mí mismo. Que estaba traicionando a mamá. Nuestra historia. Nuestros sueños. Todo lo que había construido.
Con el tiempo entendí que no era así. Entendí que no dejo atrás nuestra historia cuando viajo.
No dejo atrás nuestros sueños.
No dejo atrás el amor.
Todo eso vive conmigo. Lo llevo en el corazón, donde sea que vaya.
Siempre.
Ahora forma parte de mí, y me va a acompañar toda la vida. Por eso, aunque este nuevo lugar en el que me encuentro me asuste un poco, no tengo miedo.
Confío.
Confío en el amor.
Confío en nuestra historia.
Confío en mí.
y sé que todo va a estar bien, siempre.